sábado, 6 de abril de 2013

Porque si acercáis vuestras manos, podréis sentir la sangre.


No vengo a desmontaros vuestra concepción de la realidad ni a deciros que los humanos en el fondo podremos aprender a volar. Quizás también sería una locura deciros que los dragones hablan o que Menganita vive en una caja de cristal donde sólo come flores y lee sonetos de Shakespeare. Sería una locura. O no. 

 Porque... ¿Qué entendéis por realidad? Estoy segura de que todos ustedes están de acuerdo en que la realidad es todo aquello que atiende a la percepción de manera visible, audible y palpable. Además me dirán también que la realidad es todo aquello que puede ser demostrado mediante la tecnología y la ciencia. Pero, ¿y nuestra imaginación?

Cuando el telón se despliega, puede ocurrir de todo. Y el dragón puede hablar e incluso puede cantarnos una bulería. Está claro que la realidad es un objeto de percepción y que nos relacionamos con ella a través de la mímesis o representación; y esta mímesis necesita del lenguaje, ya sea corporal o hablado. 

Podríamos entender al teatro como una gigantesca y poliédrica metáfora. Esa metáfora es creada por los actores, el público e incluso por los focos. Todos participan en una atmósfera real donde el lenguaje es el principal protagonista. 

Para decir que lo que ocurre en un teatro es real debemos subyacer esta realidad tangible y objetiva a una realidad imaginaria e ilimitada. Cuando vemos una representación, leemos un poema o nos adentramos en un cuadro padecemos con el emisor de esa representación artística. Si es cierto que esa representación que vemos está desbordada de ficción, pero esa ficción es real tanto que la sentimos y la vemos. Nadie podrá negarnos nunca que cuando vamos al teatro estamos viendo, oyendo y sintiendo. Por tanto, es una realidad imaginaria necesitada de la realidad objetiva y mimetizada desde innumerables puntos de vista.

Es real que los actores estén encima del escenario interpretando y que el espectador mire y observe. Pero no obstante, también es real lo que están contando y sintiendo esos personajes, que a través del lenguaje infieren y evocan al espectador.  

Y como dijo Aleixandre: "porque si acercáis vuestras manos, podréis sentir la sangre".

2 comentarios:

  1. AUTOPSICOGRAFÍA

    El poeta es un fingidor.
    Finge tan completamente
    Que hasta finge que es dolor
    El dolor que de veras siente.

    Y quienes leen lo que escribe,
    Sienten, en el dolor leído,
    No los dos que el poeta vive
    Sino aquél que no han tenido.

    Y así va por su camino,
    Distrayendo a la razón,
    Ese tren sin real destino
    Que se llama corazón.
    [Pessoa]

    ResponderEliminar
  2. Gracias Vito.
    Quizás Pessoa sea unos de los mejores fingidores, todos sus heterónimos son tremendamente reales.

    Fragmente de la carta de Fernando Pessoa sobre el origen de sus heterónimos: "Sea como fuere, el origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y a la simulación. Estos fenómenos afortunadamente para mí y para los demás se mentalizaron en mí mismo; quiero decir, no se manifiestan en mi vida práctica, exterior y de contacto con los demás; hacen explosión hacia adentro y los vivo yo a solas conmigo".

    ResponderEliminar