Según Aristóteles: “La tragedia es imitación de una acción seria y completa, de cierta extensión, en un lenguaje ornamentado (con ornamentos adecuados a cada una de las partes), en el modo de la acción dramática y no de la narración, y que mediante la compasión y el temor, realiza la catarsis de estas pasiones”.
Cuando en la entrada anterior hablábamos del padecimiento o de las sensaciones que nos evoca y nos sugiere una obra dramática, no estábamos haciendo más que una alusión moderna a lo que Aristóteles denominó con el término kátharsis (o catarsis). La catarsis aristotélica ensalza las pasiones humanas a través de la imitación (mímesis o representación) de esa misma pasión. La catarsis, como indica su etimología, significa purificación. Por lo tanto, a través de ella, los espectadores podrían llegar a purificar su alma viendo sus pasiones y sus temores representados en la trama de una obra.
No obstante, en la actualidad nadie va al teatro a purificar su alma (o tal vez sí), sino a vivir en un espacio tridimensional durante una hora o dos, gobernado por una dialéctica propia y equivalente a la dialéctica que rige la vida. La dialéctica en el terreno teatral estaría gobernada por las acciones que componen la trama. Todo lo que ocurre en un escenario son acciones en un nivel superior porque pueden sugerirnos distintas caras de un mismo hecho. Acciones son todos los objetos que adquieren nuevos significados, todas las interacciones de los personajes, todas las luces y todos los sonidos. Incluso son acciones lo que afecta directamente al espectador, lo que atañe a su emotividad. Es decir, una vertiente de lo que Aristóteles llamó: kátharsis.
Todas estas acciones deben verse mezcladas y compuestas entre sí creando la trama. Esta trama puede ser de dos clases:
-La primera se realiza mediante el desarrollo de las acciones en el tiempo a través de una concatenación de causas y efectos a través de una alternancia de desarrollos paralelos.
-La segunda se realiza a través de la presencia simultánea de varias acciones.
Estas dos clases se mezclan en el teatro moderno de manera equitativa.
Si seguimos el orden de concatenación en una obra y por lo tanto, prestamos más atención a lo literal, a la lengua hablada, dejaríamos de lado la dimensión de simultaneidad que se da al ocurrir varias acciones al mismo tiempo. Si sólo prestáramos atención al texto escrito y al orden de la historia, dejaríamos en un segundo plano lo simultáneo. Y por consiguiente, habría una acción más importante o privilegiada en la trama.
Nada es privilegiado. Todas las acciones, con sus causas y efectos, deben acompañarse unas a otras simultáneamente. Así la experiencia (o mímesis) teatral es cuantiosamente más complicada y placentera para el espectador, que de esta manera vive varias experiencias a la vez. El espectador se mezcla con el espectáculo y a través de la complejidad de lo simultáneo de las acciones (luces, objetos, peripecias de los personajes) puede sumergirse directamente en el escenario, sacando miles de caras a esa gran metáfora gigantesca y poliédrica, de la que ya hemos hablado antes.
Y de esto modo, podrá vivir en un mundo tridimensional.
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